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ISSN 1989-4163

NUMERO 89 - ENERO 2018

Baobab Celibataire

Ramón Asquerino

«Mientras la humedad soñaba vahos
 y la Serra gemía formas humanas»: Serra Gelada

«Estando ya mi alma que no podía sufrir en sí tanto gozo, salió de sí y perdiose para más ganar»: Libro de la vida, Teresa de Jesús
« […] por un breve instante, entre el arrebol de sus mejillas y el carbón de sus ojos, circuló una ponzoña febril, un ajetreo de sedas y alacranes»: Ronda del Guinardó, Juan Marsé
*

Ese árbol solo de pájaros con el agua en las alas,
al cuello su humedad entre los brazos,
como un manantial de lejanas caricias
y un sorbo amargo de ramas en el aire.
 Toda la noche de la ira, cerrada a cal y canto, se abre,
 como una lacia espuma entre los labios,
y una canción de vaho y musgo en su boca.
Llevas la sed del agua en el desierto,
la casta soledad del árbol sin canas ni penas,
sin ganas de la cena que recrea y enamora,
donde aguardas otra víspera de ti
o ese soplo de la madrugada aún asolada
por la noche en su cansino espacio,
 oscuras formas atravesando sombras
hasta llegar rendida al crepúsculo, Baobab,
en el altar del no quiero.
La noche de la ira dando bocados,
aullando besos, lunas, la agitación del confuso silencio,
sacudida, traspasa violenta la nona
entre un ajetreo de sedas y alacranes.
Tu aliento es un suspiro en voz baja, contenida,
descendente, alto como el beso en la copa de un árbol
hasta trasvasar sus comisuras en rama,
en la perenne caducidad de sus frutos:

Bajo las tibias rosas de la cama
los muertos gimen esperando turno.

Como sabes y aprendiste de memoria
aquellas noches en las que peregrinar por lo oculto
sabía a esquinas de suicidios de incógnito
y la primavera tenía un temple rubor gaseoso,
estilo vino frío en la mesa repleta de augurios,
 favores, y fervores, atragantados a besos,
a indelebles rastros de insomnios y café,
a tardes donde el dolor se acababa despacio en tus hombros
y el hambre perecía afanada por tu cuerpo,
en tanto la ira de la noche se estiraba despacio en tu cadera,
soñando el último bostezo de esa asolación de madrugadas.

Salió de sí y perdiose para más ganar,
arrepentida de un incendio en inciensos,
de un humo despavorido por las cenizas,
atenta a una leve caricia de llamas inquietantes,
 bajo un pulso consumido de madrugadas.

Érase la noche henchida de tormentas,
lloviendo silencios en la pantalla de tu piel,
o agujeros negros tras la memoria del móvil
cuando los coches rechinaban su aguacero
y los neumáticos apretaban los dientes
contra sus ventanillas de vaho,
y el frío metía en cintura las sombras.
Baobab firme danza sus brazos de ocre,
mientras Ciso, loco de yedra, sobrehumano baile,
 arremetía de dolor a las colinas,
ahogando árboles, manantiales reescritos de humedad
con  la noche caída hasta romperse la crisma.
Y otro Ciso, refugiado en las playas del Egeo sin violetas,
aislado de célibe yedra, solo, a tu alrededor:
¡Gemía formas humanas!

***

Madrid, 19 de agosto — 16 de diciembre de 2017

 


Baobab celibataire

 

 

 

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